
“Los he amado desde el principio”
El 30 de septiembre de 2026, el presidente Donald Trump recibió en la Casa Blanca a un grupo de personas para celebrar el Mes de la Herencia Hispana.
Sí.
Donald Trump, alias “el Trompadas” o con cariño “el Trompas”.
Y no, esta vez no estamos hablando de una publicación falsa tipo KDF, un meme fabricado por alguien con demasiado tiempo libre o un titular de The Onion.
Hay video. Hay discurso y todo. Y hasta se desvivió en elogios para con los hispanos—suponemos los presentes y no presentes. Aunque ya, con él, uno ni sabe: porque cuando Trompas dice una cosa, dice otra (ya ni la Chimoltrufia).
Pues, solo le faltó decir:
¡Yo también soy hispano!
¡Habla causa! ¡Yo soy peruano! Y me llamo Donaldo.
Aunque no me habría sorprendido que lo dijera. Y a las pruebas me remito.
Trump comenzó hablando de los hispanos y, después de unos cuantos minutos bastante Trump, llegaron esas palabras que a todos nos quita el sueño, casi como una declaración de amor:
«Son personas trabajadoras. Son muy inteligentes. Son enérgicas, mmm… a veces demasiado enérgicas».
Hasta ahí, bueno.
Y entonces soltó una de esas frases que, dependiendo de quién las diga, pueden sonar a declaración de amor o a amenaza con una sonrisa:
¿“Bésame el poto”?
No, ese era John Wayne Gacy, “el payaso asesino”. Aunque la comparación no suene muy descabellada y no esté muy lejos de la realidad, por ahora, es mejor seguir con nuestro novohispano naranja más conocido como el Trompadas.
Pues aquí les va lo que nadie se la esperaba
Pero lo que todo el mundo ya se las olía. Esa frase que te podría decir Dexter antes de plantarte el puñal y cortarte en pedacitos:
«Pero son personas increíbles y los he amado desde el principio».
Okay… 😂
¿Desde el principio de qué? ¿El principio de los tiempos? ¿O desde que se enteró que también votaban?
Porque Trump también recordó otra parte bastante conocida de su relación con la población hispana:
«Y ustedes también saben que cuando construyo un muro, estoy construyendo un muro para mantener fuera a la gente mala».
Ah. El muro.
¡Ah ya! Ya comprendo Rosendo.
Es para protegernos, ¿no? ¡Obvio, microbio!

Pero ni la Llorona se habría atrevido a tanto
O sea… ¿Qué lo del muro dónde dices que queda?
Ya, ya, ya… ¡Ya “cuñao”! Ya habíamos escuchado esa historia.
Uno casi espera que alguien en la sala levante la mano y le pregunte mirándole a los ojos sin que antes lo convierta en piedra:
—¿Perdón, Don Donaldo? ¿No estábamos celebrando a los hispanos?
La escena tiene su gracia. Es casi como invitar a alguien a cenar, decirle cuánto lo quieres y pasar el resto de la noche explicándole por qué estás reforzando la puerta para que no entre gente como él.
Pero la política tiene esas pequeñas sutilezas.
La inmigración: su eterno caballito de batalla
Trump lleva años haciendo de la lucha contra la inmigración uno de los ejes de su discurso y, al mismo tiempo, puede plantarse ante una audiencia hispana para asegurarle que la ha amado desde el principio.
Solo él tendría ese coraje. O, mejor dicho, desparpajo—por no decir conchudez, señores.
Pues a él no parece preocuparle demasiado que ambas cosas estén sentadas en la misma sala.
Y algunos hispanos lo apoyan. Lo votan. Defienden sus políticas o consideran que sus prioridades coinciden con las de él.
¿Por qué? ¿Por qué a algunos les gusta el golpe? ¿Por qué dicen que del amor al odio hay tan solo un paso? O tal vez sea necesario un análisis psicoanalítico para mejor comprender lo que pasa por la cabeza de un votante de Trump.

¿Qué pasa por la cabeza de un Trump-lover?
¿Por qué una persona apoya a un político? ¿Qué hace que alguien deposite su confianza en una figura pública y siga defendiéndola incluso cuando otros no entienden semejante devoción? ¿Es cuestión de ideas, de experiencias personales, de lealtades o de algo que va mucho más allá de las propuestas de un candidato?
A fin de cuentas, la política no ocurre en el vacío. Detrás de cada voto hay una persona con su propia historia, sus convicciones, sus intereses y su manera particular de interpretar lo que sucede a su alrededor.
Y cuando intentamos entender por qué alguien apoya a un político como Trump, la pregunta no es solo qué ve en él, sino también qué está dispuesto a pasar por alto—o peor aún, que hacer por él.
La política del ceviche con mango
La política no es un menú en el que eliges la reducción de impuestos, la seguridad y las promesas que te gustan, mientras devuelves a la cocina las medidas migratorias que te incomodan.
No hay un camarero presidencial que te permita tachar los platos que no pediste:
“Para mí, nada de ceviche con mango, por favor. Solo cebiche de conchas negras bien picante y una chela bien al polo”. No, no puedes hacer eso.
Cuando eliges a un candidato, contribuyes a darle poder para ejecutar sus políticas. También las que preferirías no mirar demasiado de cerca.

No culpables, pero sí responsables
¿Eso convierte a cada votante en responsable directo de cada decisión de un gobierno? Definitivamente, ¡no!
Tampoco significa que todos supieran de antemano qué haría el candidato una vez en el poder. Pero votar por alguien porque promete resolver tus problemas implica aceptar que gobernará con un programa más amplio que tus tres prioridades personales.
Y aquí aparece la pregunta que realmente importa: ¿qué consideran algunos votantes hispanos más importante que las consecuencias de las políticas migratorias de Trump?

Pues cada cabeza es un mundo
Sino miren la cabeza de Trump que hasta ya parece que tuviera un gato en la cabeza, pero el tema es que no solo parece maullar sino, más bien, ladrar—bueno y, a veces, aullar.
Pero hablando en serio, para algunos votantes, la respuesta será la economía. Para otros, la seguridad, la religión, el rechazo a los demócratas o la convicción de que las reglas migratorias deben aplicarse con más dureza.
Habrá quienes consideren que las medidas no les afectan directamente. Otros sabrán que pueden perjudicar a personas de su entorno y aun así creerán que otros objetivos pesan más.
Podemos discutir esas prioridades. Podemos examinar si las promesas se cumplen, si las medidas funcionan y quién paga el precio. Lo que no podemos hacer es fingir que la contradicción desaparece porque hemos encontrado una explicación para ella.
“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios… “diría Cesar Vallejo.

Golpe con golpe, yo pego…
Dice una cumbia muy famosa.
¿Qué ocurre cuando alguien siente que un político le da una trompada con una mano y le ofrece cariño con la otra? ¿Cómo termina interpretando el golpe como algo dirigido contra los demás, como un precio necesario para mantener el orden o incluso como una forma de protección?
En español tenemos una expresión para ciertas relaciones en las que el cariño aparece como justificación de una agresión:
“Porque te quiero, te pego”.
La versión política tiene una ventaja: después del golpe, siempre queda tiempo para explicar que todo se hizo por tu bien.
Y ahí empieza nuestra historia.

El golpe viene con instrucciones
Hay una parte del discurso de Trump que merece más atención que sus declaraciones de amor.
Después de asegurar que llevaba años queriendo a los hispanos, Trump explicó que, cuando construye un muro, lo hace para mantener fuera a «la gente mala». Añadió que los propios hispanos quieren que esa gente se quede fuera más que nadie.
La maniobra es bastante eficaz. Primero te halaga. Después señala una amenaza. Finalmente, te explica que la medida que podría perjudicar a personas de tu entorno está pensada, en realidad, para protegerte.
Y, de pronto, el problema ya no es el muro.

El problema son los malos
O tú, en todo caso… ¡si es que no entiendes lo que te dice papá Trompas!
Pero ¿quiénes son esos hombres malos? ¿Delincuentes condenados? ¿Personas que cruzaron la frontera sin autorización? ¿Familias que llevan años viviendo en Estados Unidos? ¿Alguien que trabaja, paga sus cuentas y tiene hijos que consideran ese país su casa? ¿O todo el mundo cabe en la misma bolsa si alguien pronuncia la palabra inmigración con suficiente dramatismo?
No es lo mismo. Pero las campañas políticas tienen una habilidad extraordinaria para meter situaciones distintas en una sola bolsa y después sacudirla delante de las cámaras.

Cuando malo no es bueno
La palabra malo hace buena parte del trabajo. No necesita distinguir entre un delincuente violento y una persona cuyo único problema migratorio es no tener los papeles en regla. Tampoco necesita explicar qué política resolverá cada problema. Basta con que la audiencia acepte que hay una amenaza y que quien habla es el encargado de mantenerla a raya.
Y si tú te consideras una persona trabajadora, respetuosa de la ley, religiosa, conservadora o simplemente alguien que quiere vivir tranquilo, puedes concluir que el discurso no va dirigido contra ti.
Va dirigido contra los otros.
Tú eres diferente. Tú eres de los buenos. Tú sí mereces estar aquí.
Qué alivio. Por un momento, casi parecía que estaban hablando de ti.
¡Te salvaste por un pelo!
Ese es uno de los movimientos más eficaces de la política identitaria: convencerte de que, aunque pertenezcas al grupo al que se señala, tú eres la excepción. No eres uno de ellos.
Eres uno de los que el político dice querer proteger.

Hasta que alguien decide que ya no
Porque cuando vengan por ti, quizá sea demasiado tarde, y ya no quede nadie que hable en tu nombre. La advertencia de Martin Niemöller sigue resonando.
Naturalmente, no todo votante que apoya medidas migratorias duras se está engañando. Hay personas que las respaldan conscientemente, incluso sabiendo que pueden perjudicar a otros miembros de su comunidad. También hay quienes creen que controlar las fronteras es necesario y que ese objetivo no tiene por qué implicar abusos ni generalizaciones.
Son posiciones distintas. Podemos discutirlas sin fingir que son idénticas.
Pero queda una pregunta bastante incómoda: ¿qué pasa cuando una política presentada como protección para unos termina perjudicando a otros que comparten con ellos el idioma, la historia, la familia o el lugar de origen?
Y, sobre todo, ¿por qué algunos aceptan esa contradicción? ¿Es que son presa de algún tipo de condición que no les permite diferenciar quién realmente les hace daño?

¿Síndrome de Estocolmo político?
Aquí entra una comparación incómoda: el síndrome de Estocolmo.
El término se popularizó para describir situaciones en las que una persona retenida o sometida a una amenaza desarrolla sentimientos de simpatía o identificación con quien la mantiene en esa situación. Su interpretación psicológica es discutida; no es un diagnóstico que podamos repartir desde una columna de opinión como si fueran números para una rifa.
No necesitamos convertirlo en eso.
Lo que nos interesa es la imagen: alguien recibe un golpe, pero termina defendiendo a quien se lo da porque cree que esa misma persona también puede protegerlo. 
¿Es eso lo que les ocurre a los hispanos que apoyan a Trump?
La pregunta es deliberadamente provocadora. No significa que podamos diagnosticar a millones de personas ni que todo votante que apoye a Trump sea incapaz de pensar por sí mismo. Si esa fuera nuestra conclusión, nos ahorraríamos el artículo y nos dedicaríamos a repartir insultos por internet, que es una actividad con bastante menos requisitos intelectuales.
Lo interesante es otra cosa: ¿por qué alguien puede interpretar como una amenaza para los demás una política que también podría alcanzarlo a él?
Una persona puede creer que su ciudadanía, su situación económica, su apellido, su religión o su historia familiar la ponen a salvo. Puede pensar que las deportaciones afectan a quienes incumplen la ley, no a personas como ella.
Puede considerar que las consecuencias negativas son exageraciones de sus adversarios políticos. O puede aceptar que habrá daños colaterales porque cree que el resultado general vale la pena. ¡Se rompen huevos para hacer tortillas!
Y también puede haber una razón mucho más sencilla: no le gusta la alternativa.
